Un tambor suena porque tiene el cuero bien templado; si se moja o se calienta, queda destemplado y ya no responde. El micrófono lleva por dentro una membrana finísima que hace ese mismo trabajo, y es de las piezas que menos aguantan el calor. Por eso lo primero no es el cautín, sino confirmar la falla: no vale la pena calentar un micrófono que estaba bueno.
El micrófono es un componente sensible al calor, así que la técnica importa. Antes de tocar nada:
La tierra (GND) es el piso del circuito, el punto común donde todo se apoya, y en la placa va tapado por esa capa verde. Raspar un ladito es como lijarle la pintura a una pared antes de pegarle algo: si no lo haces, no agarra. Sobre el cobre pelado el estaño sí se pega; sobre la capa verde se queda encima hecho una bolita.
Que un micrófono «se abra» es lo mismo que le pasa a un bombillo fundido: por dentro se partió y ya no pasa corriente, aunque por fuera se vea igualito. Con la pistola eso ocurre más fácil, porque el aire caliente le cae encima a toda la pieza y no solo a las patas. Aquí el reloj manda.
Ten en cuenta que con pistola es más fácil que el micrófono se «abra» por el calor.
Primero se mide, después se suelda. Y al parlante primero se le limpia: muchas piezas que llegan «dañadas» están buenas.
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