Una moto lleva su placa, y esa placa está registrada a nombre de ella: si le montas la de otra, en el primer retén lo notan. La pantalla del iPhone lleva algo parecido, un número guardado en un chip, y el teléfono lo lee para saber si es la que salió de fábrica con él. Por eso, del iPhone 11 en adelante, no basta con poner la pantalla nueva: hay que pasarle el chip de la vieja, y eso es otro trabajo, otro riesgo y otro precio.
Dentro del módulo de la pantalla de estos equipos hay un integrado pequeñito, tipo memoria EEPROM: una memoria que guarda el dato aunque el equipo se apague o se quede sin batería. Lo que guarda es el número de serie de esa pantalla, como si fuera su cédula. El teléfono la lee y así sabe si el módulo que tiene puesto es el que salió de fábrica con él.
O sea que en unos equipos el trabajo es sacar y poner, y en otros lleva microsoldadura de trasplante. Por eso pregúntale el modelo al cliente por teléfono, antes de que llegue con el equipo a la mesa.
En un iPhone 11 o más nuevo, cambiar la pantalla incluye trasplantar el chip del número de serie. Si lo cotizas como si fuera un cambio simple, ese trabajo extra te lo terminas comiendo tú.
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